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Un elefante rosado con ojos amarillos
y trompa de astracán
A menudo me sorprendo
llorando, y no es por la música, sino yo mismo, el mundo que me
inventé. Mientras escribo oigo arrastrarse las hojas secas en el
piso. Nunca nada fue mío de verdad. Pretendo resolverlo todo
aislándome, metiéndome en la cama; pero la araña verde está adentro.
"Usted es un hombre triste, quejoso, en cambio yo me enojo, puteo",
dice mi patrón. Desea señalarme su vigorosidad, mi pobreza. "¿Contra
qué o quién despotrica?", dije. Después de alcanzar cierto éxito
económico, alguna gente opina como si tuviese la luna en sus manos.
Cuando escucho algún tango de Bardi reaparece siempre la muchacha de
la casa chiquita. Llevo en brazos su cadáver golpeado; la hierba de
su pelo roza la piedras. La había enamorado no para hacerla mía,
sino para dormir un tierno sentimiento solitario, oscuro, imbatible,
frente al cual carezco de edad, de sexo, nostalgiosamente secreto.
Me apena envejecer ahora que escruto mejor la realidad; he decidido
vivir desnudo, en el viento. Todo me cuesta, particularmente
escribir; los sueños pasan como naves adornadas. En mi empleo —un
agujero—, me encuentro como un roedor, aunque el sol dore las
ventanas. Trabajo con la cabeza gacha, impersonalmente, presintiendo
una trampa. Acabarán por destruirme. "La vida se le ha ido", dice mi
patrón. "En parte me la quitaste", pienso. Yo deseaba escribir,
necesitaba una máquina, papel y algunas horas solitarias. Elegí. En
el fondo, fue un desafío. Busqué unificarme con mi destino, peleé, a
pesar del bloqueo, de las circunstancias. Desearía que muchas de las
pequeñas cosas resistieran el tiempo, quedaran intactas, y caer
entre ellas, primero de rodillas. Tengo la sensación de que algo se
deteriora en mí: reacciono apenas frente al ataque frontal del
mandamás, aunque suelo sublevarme de pronto por insustancialidades,
temeroso me corroa el acatamiento y me pudra entero. Como gnomos
acuden los recuerdos. Veo los techos mojados por las lluvias de
Agosto. El caballo de madera con que jugaba de chico se ha
convertido en murciélago brillante y ciego. Recibo órdenes, cumplo
horarios, se me ofende. Soy un ser despreciable, un oficinista.
Escribo para deshacerme de ese imbécil, apiadado por él. La
madrugada es la verdad: uno bebe con amigos, se siente menos pobre.
A veces quisiera detener la noche; pero esta avanza inexorable y
apenas si puedo escuchar a Gustav Mahler y su música me habla de una
vida tan opuesta a la que llevo, que no sé qué hacer conmigo. Mi
desesperación es la araña verde, cómo sacármela de encima. Desde mi
cuarto oigo hace años un silbido monocorde que viene de atrás de la
casa: en la tarde asciende lamentoso. Audible o no, cualquier
elemento despierta evocaciones insospechadas en cierta etapa de
nuestra biografía, y vuelvo a verme mendigando en una puerta
iluminada rumbo a Kilómetro 34, aterrado por la jauría nocturna.
—¿No tiene trabajo?
—Ni trabajo ni nada.
Últimamente me sucede a menudo. Ando de acá para allá y súbitamente
quedo perplejo: en la esquina, frente al baratillo, es domingo. Ya
no sé separar el sueño de la realidad, ni me importa. Un amigo
izquierdista afirma que todos los patrones son iguales. Es un sueño
no soñado; pero dejémoslo así. Ahora tengo la convicción de que un
día u otro seré dueño de un elefante rosado, con ojos amarillos y
trompa de astracán. Por él junté unos pesos y me mudé a Colegiales,
en una rinconera, en un sitio donde hay un piso de tierra que rodea
a un manzano y el tren pasa pegado a mi ventana y su estridor me
crispa y ausenta. A nadie se lo cuento. La gente por lo general es
descreída, pelea por sus intereses y carece de imaginación. Mi
patrón dice que vivo mirando el reloj. Él piensa sólo en aumentar
sus ingresos y cómo deshacerse de uno sin mayores gastos, y si le
contase mi historia con el elefante pensaría vaya a saber qué,
aunque en parte creo intuye algo cuando me recrimina que soy incapaz
de quedarme un rato más fuera de horario, "como si en su casa",
dice, "lo esperase un acontecimiento extraordinario". Siempre que se
expresa así salgo corriendo seguro de encontrar al elefante bajo el
manzano. Hace mucho vivía en un cuchitril que daba a un mercado
céntrico y mi única idea era comprarme un tocadiscos y dejar pasar
el tiempo. Con el asunto del elefante todo cambió y mientras lo
espero vivo como encendiendo luces. Yo creo que esto empezó de
chico, en el campo, mirando la luna, y poco a poco, sin darme
cuenta, la idea se instaló en mí como la cosa más natural del mundo.
Si lo viese alguna vez bajo el manzano ni siquiera la jubilación me
importaría. A veces estoy tan triste que me alargo y enflaquezco
como un álamo, seguro de llegar al cielo. Está todo tan lejos, tan
cerca, tan poco envidiable. He de aprender de mí mismo, no de nadie:
mi vida es mía y mi muerte intransferible. Es hermoso el manzano
bajo la lluvia; no el trueno. Los truenos recuerdan cosas que
pudieron habernos sucedido. Mi empleador dice que soy un fracasado.
"A su edad", añade, "tendría que saber qué quiere, a dónde va, y si
su deseo es vivir así, hágalo; pero entonces deje de quejarse qué
joder". Para él, escribir es llamar a la miseria a mis puertas, y es
cierto, ya que la escritura es una actitud improductiva e insólita,
y de repente me encuentro luchando no con molinos, sino contra el
mandamás que de algún modo se adueña de mí, nunca de mi literatura,
su antípoda en la elección y el sueño. ¿Comprendería si le digo que
trato de levantar un mundo alucinante, opuesto al existente, donde
el hombre apenas duerme seguro de su desventura? De ahí que ni le
cuento del elefante. Cuando vea a éste, bueno, cambiará de opinión y
pronunciará palabras inservibles. Dirá: "Con razón solía notarlo
ausente". Uno sale de un edificio de veinte pisos, ha estado nueve
horas entre cuatro paredes, y en la calle, entre la multitud y el
estrépito, vacila. Ahora que no tengo nada, sólo edad, tiembla la
tierra bajo mis pies. Me gustaría acurrucarme de nuevo en el vientre
de mamá. Recomendé a los encargados no cerrar de noche la puerta.
"El elefante", dije, "puede derribarla".
Estoy, como se dice, al día con el alquiler, sin embargo me piden
abandone la casa.
—Esperen un poco —dije—. ¿Por qué tanto apuro?
—Necesitamos la habitación y el patio de tierra con urgencia.
Me juego la cabeza, el elefante se ha puesto en camino y se dirigirá
al manzano. Yo pensaba escribir bajo la luz de sus ojos adormilados,
acariciando su piel, o montado, apoyando mi cuaderno en su cabezota
y ahora no sé qué hacer, me siento desamparado. Así no puedo hacer
más mis cuentos, aunque presiento es la única manera de contarlos,
en movimiento, de abajo, padeciendo las cosas en su verdadera
dimensión, humillado. Desearía tener una casa de piedra amarilla con
ventanas y observar los techos de barrios enteros y la calle donde
nací; pero tal como era. Me acompañan recuerdos dudosos. ¿Mamá es
aquella anciana que vi últimamente en un monobloc? Corran a ver cómo
me muero, pronto. Sólo el elefante logrará preserve mi lenguaje.
"Cuando redacte cartas no haga literatura", ordena el jefe. "Esta
palabra, ve, comercialmente es inusual". Mi lenguaje es una botella
en el mar. Presiento dos maneras de escribir: con un odio puro o una
pureza odiada. Me sorprenden de pronto impulsos de llorar en la
calle, gritar mis verdades y clavar una bandera. Deambulo con mis
libros. Cabalgo en la zozobra y el miedo. Llega un momento en que la
suerte es camino transitado. Algunos jipis critican mi generación.
—¿Qué hicieron por nosotros?
—Bueno, yo luché contra el fascismo —dije.
Desean torcer la historia a su favor, aparecer como adelantados.
Poco me importaría morir por este quehacer solitario: la araña verde
es invencible. Es una prueba dura, casi heroica, inútil para el
comerciante. Enloquecidos, pegados a la pared como las putas,
señalados por su imprevisión, viven tus mejores hijos, Buenos Aires.
Pernocto en plazas y baldíos, enfermizamente atento a los ruidos
lejanos y extraños: oiré su trote de animal joven y hermoso, pequeño
bailarín de danzas rústicas. De pie sobre tu cuello ancho a
horcajadas, soñado paquidermo, déjame ser juglar y coribante.
Viviremos de lo que nos den, como los pájaros. Inventaré cuentos
para la muchacha de ojos té y los secuestradores, y el hombre
escarnecido y flaco que murió de una tristeza triste en la oficina
empapelada, de mi mayor consideración, proveer de conformidad, será
justicia, donde hay un mandarín sentado en el retrete.
Lubrano Zas,
es el nombre verdadero de un escritor
nacido en Rosario y fallecido hace poco (no sabemos exactamente
cuándo) en Buenos Aires. Valorado altamente por críticos calificados
como Edmundo Valadés, no tuvo trascendencia comercial. Sus libros
editados fueron: Seguiré contando hasta el fin (1965), La gente hace
bien en no creerme (1973) y Moriré en Otoño (1984), los tres de
cuentos. Dejó además un número indeterminado de textos inéditos.
Algunos de sus trabajos fueron publicados en las revistas Noticias
Gráficas, Crisis, Todo es Historia, así como las mexicanas Plural y
El cuento. También en los diarios La Prensa, Clarín, y La Opinión,
de Buenos Aires. El presente relato fue tomado de la revista
argentina Puro Cuento. |