Web de la Sociedad Universal de Escritores

Trabajos Literarios

El que recibe las bofetadas

Agustín Monsreal *

Lo peor y lo mejor de ser un obrero de la pasión, es que los frutos dolorosos de tu poca o mucha inteligencia son tu único, tu verdadero salario.
Mercedes Oliver

-Oye, ¿y tú a qué te dedicas?
-Soy escritor.
-Sí, sí, ya sé que eres escritor, pero ¿en qué trabajas? ¿De qué vives?
Ah, de milagro, la mayoría de las veces. Y las menos de escribir, por ejemplo: discursos políticos, horóscopos y recetas de cocina, guiones para fotonovelas, entrevistas con el futbolista de la semana, monografías, hagiografías, textos publicitarios, anuarios de psiquiatría, manuales de erotismo científico. Y también, cuando el hambre aprieta más de la cuenta o cuando necesita uno fingir ante los suegros o frente a los acreedores que está dispuesto a sentar cabeza, se sobrevive encallado en el papel de profesor de arte dramático, o de oficinista de cuarta, o de cajero de alguna tesorería, o de ejecutivo junior en cualquier transnacional, en fin, de lo que disponga la necesidad.
Ahí está. Con razón la tía Genoveva me recomendaba que mejor me dedique a otra cosa. Para no morirte de anemia, me decía, para que seas una gente de provecho. Pero como la tía Genoveva tiene fama de ser una gran humorista, nunca la tomé en serio. De ahí que cuando me insinuó que me convenía casarme con la Mulish, una muchacha más adinerada que bonita, lo primero que hice fue salir huyendo.
Mi papá, en cuanto supo mi decisión de ser escritor, me mandó desheredar de inmediato y aún no deja de pelearse con la vida por haberle dado un hijo idiota. Mi mamá, por su parte, se apuró a puntualizar que ella no tenía la culpa, y que estaba dispuesta a probar que en su familia había tenido siempre pura gente decente. Su enfado conmigo fue tan definitivo que, hasta la fecha, todas las cartas que me envían inevitablemente vienen en blanco, para manifestarme su repudio por las letras.
Así, con el tiempo, uno se convierte en una especie de extranjero en el mundo. Y por más que aprende a esquivar los topes de las críticas y de las exigencias, nunca falta un reclamo, una ironía, una humillación que no acabe encajándose aquí, justo entre el hígado y el duodeno. Por ejemplo: mi primera ex esposa, cuando el amor de la noche anterior había dejado que desear, en cuanto salía de la cama me amenazaba: O te pones a trabajar en serio o me largo de esta casa. Nos abandonó al niño y a mí poco después, claro. Y los amigos de ayer y de hoy, siempre dispuestos a invitar la copa pero jamás a comer, ineludiblemente se ponen maternalistas y amagan prometiendo: No te preocupes, te voy a conseguir un trabajo en forma, como debe ser. Y los parientes (los que todavía soportan la vergüenza de hablarme, por supuesto): Oye, ¿y por qué en vez de escribir no trabajas de verdad?
Todo lo cual, en realidad, quiere decir: ¿por qué no te dedicas a ganar dinero? El dinero mueve al mundo, mijito. Con dinero baila el perro, mi hermano. Dime cuánto tienes y te diré cuánto te amo, corazoncito. Pero uno nada que entiende y ahí sigue, montado a pelo en su vocación, estropeándose los riñones, picando piedra con la cabeza estrujándose el cerebro hasta hacerlo sudar la camiseta. Siempre fuiste terco como un mulo, desde chiquito, recuerda la tía Genoveva que no me perdona el haber dejado escapar la fortuna de la Mulish, que a su vez tampoco me perdona, pero por otras más íntimas razones.
Lo curioso de todo esto que platico es que, si al cabo de los años consigue uno publicar algún libro, la mayoría de dichos personajes, o sea, los parientes, los amigos y aún los meros conocidos, se sienten con derecho a exigir: Me lo tienes que regalar, ¿eh? Aunque ellos, cada quien en lo suyo, nunca regalan lo del alquiler de la casa, ni lo de la consulta, ni lo de las medicinas, ni lo de la ropa, ni lo de la comida, ni lo de la colegiatura ni lo de nada.
Uno, en cambio, sí tiene la obligación de regalar el producto de su trabajo, porque da la casualidad que nadie -o casi nadie- considera que escribir una novela, un cuento, un poema, sea justamente eso: trabajo.
Idealismos aparte, yo sé que al decir esta pobre suma de calamidades insustanciales, lo único que gano es ser tachado de egoísta, de soberbio, de mezquino incurable. Pero qué le vamos a hacer, hoy me amanecí con el sentimiento puesto del lado contrario. O a lo mejor me puse tan derrochador de quejumbres a causa de este ron triste. Es posible. Sin duda eso es. Buenas noches. (Perdón, buenos días.) (Acércate otro poco, mi amor: sí, ya sé que no son horas de venir a fastidiar, pero...)


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Agustín Monsreal. Nacido en Mérida, Yucatán, México, en 1941. El texto pertenece a su libro La banda de los enanos calvos y fue tomado de la revista argentina Puro Cuento. 

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