El saco

Vea amigo, lo que le voy a contar es cierto, tan cierto que le voy a dar los nombres de los protagonistas, para que después no diga que le miento. La cosa le pasó cuando era joven, a un muchacho, Rubén Oviedo, que era taxista en la parada del Gran Hotel, sí, el que está frente a la plaza. Rubén tenía el 421, pero él era el chofer, no era el dueño. Esa noche había un baile de carnaval en los Bancarios, así que después de dejarle el auto a su compañero se fue para allá.
Era el tiempo en que la mayoría de las chicas iban a los bailes con toda la familia. Los padres tomaban un vermú mientras los muchachos las cabeceábamos para bailar. Ponían boleros, tangos, pasodobles y algunas veces algún cantor hacía bailar a toda la concurrencia. Estaba mal visto que una chica se negara a bailar, sino ¿para qué habrán ido? Los muchachos tenían que ir de riguroso traje negro, invierno y verano, no como ahora, que se visten de cualquier forma y salen a pasear por la plaza, los sábados por la noche, de zapatillas, con la novia del brazo; no señor, había respeto.
Rubén acababa de terminar con una novia y andaba mal, como perdido. Después de un tiempo sin salir de noche para ninguna parte, se fue al baile, solo, porque los demás de la barra, unos tenían un casamiento, se casaba Martín, el del 327, y los demás tenían otros compromisos.
Rubén estuvo un buen rato en el baile sin verla. Estaba sentada en una mesa con otra gente, pero no hablaban entre ellos. Según contaba después, era lindísima, tenía un vestido celeste y zapatos blancos. Ni alta ni baja. Pelo negro y muy blanca. Y una mirada profunda, que un rato te daba miedo y otro rato no sabías qué hacer para consolarla, según nos decía Rubén después.
Y la sacó a bailar. Ella lo trataba de usted, a ninguna chica decente se le iba a ocurrir tratar de vos a uno que la invitaba a bailar por primera vez. Bailaba bien la chica. De vez en cuando miraba para la mesa en la que estaba esa otra gente y ellos hacían un gesto así con la cabeza, como diciéndole está bien el muchacho. Al otro programa, la vuelve a sacar. En el medio se le había acercado un muchacho y ella le había dicho que no.
Conversaba con Rubén. ¿De qué? De esas cosas, cómo te llamas, Alcia, le dice ella, dónde vives, en el Huaico Hondo, qué haces, estudio, qué estudias, estoy terminando la secundaria. Y vos, soy taxista, trabajo de ocho de la mañana a ocho de la noche, sí, conozco mucho la calle, hace dos años que estoy en esto, no, mi padre ha fallecido cuando yo era chico y yo vivo con mi mamá y mi hermana.
¿Te gustan las flores?, sí, sobre todo las rosas, le dice ella, son muy expresivas y me gusta que me regalen. ¿Tienes novio? No, porque todavía no he encontrado un muchacho que me guste. ¿Cómo tiene que ser el que te guste? Tiene que quererme mucho, ser trabajador y llevarme todos los días una rosa cuando me visite. Conversaban con Rubén, de esas cosas, ¿no?
Cuando han puesto la última pieza, los que estaban en la mesa con la chica se habían ido.
—¿En qué vas a volver a tu casas?
—A pie, ¿quieres venir conmigo? —le dice ella.
¿Qué más quería el hombre?
Y se fueron caminando hasta el Huaico Hondo, al sexto pasaje, donde ella le había dicho que vivía. 
Pero a esa hora hacía frío. Cerca de su casa, por ahí del hospital Independencia él le prestó el saco y ella quedaba bonita, con su vestido celeste, sus zapatos blancos y su saco puesto.
Cuando llegaron a la casa, ella le dio un beso en la boca y antes de entrar, le dijo: "Veme mañana".
Cómo no, pensaba él mientras volvía al centro, a ver si algunos de los compañeros lo acercaba hasta su casa. Y al pasar de nuevo por el Independencia, sintió frío, ella se había ido con su saco.
—Veme mañana—pensó él.
Al otro día, era domingo, se fue a la casa de ella. Tocó el timbre. Lo atendió una señora mayor, parecida a la Alicia; debe ser la madre, pensó. Era la madre.
—Buen día señora, vengo a buscarla a Alicia.
—¿Cómo dice?
—Que vengo a buscarla a Alicia.
—Usted está confundido.
—Perdón, ¿aquí no vive una chica? ¿Alicia?
—No señor.
—Pero si anoche la he dejado aquí, después del baile en los Bancarios.
—Si es una broma, está bien, pero mi hija Alicia ha fallecido hace quince años.
Después Rubén contaba que se le habían aflojado las piernas. La mujer lo hizo entrar a la casa y le mostró una foto. Ahí estaba Alicia, igual que la noche anterior, con su vestido celeste y los zapatos blancos.
Como no se convencía, la madre le dijo en qué parte del cementerio estaba enterrada su hija.
En la tumba de Alicia había un bulto. Su saco estaba bien doblado al lado de una cruz. Y al lado de una foto desteñida, alguien había puesto una rosa, bien roja, bien expresiva.
Sí, ya sé lo que me va a decir, que la historia es vieja, que se la han contado varias veces, que en todos los pueblos circula con distintos nombres. Yo no sé si esto ha pasado varias veces o qué. Pero si no me cree, vaya a la parada frente al Gran Hotel, que ahí le van a decir que es cierto esto que le cuento de Oviedo, Oviedito que le decían. El hombre vive ahora en Buenos Aires, pero ellos no me van  dejar mentir.

 

 

Juan Manuel Aragón (h), nació en1959, en Tucumán, Argentina. De familias santiagueñas, vivió la mayor parte de su vida en Santiago del Estero, alternando la ciudad y el campo. Escribió numerosos cuentos y artículos periodísticos. Trabaja en el Nuevo Diario de Santiago del Estero, y tiene un libro publicado, Platita, al cual pertenece este cuento.

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