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Su nombre dorado Cuando di la conferencia sobre Orlando Furioso volví a verla. Apareció a los diez minutos de haber empezado, cuando yo estaba contando que Isabella atraviesa una región invadida por infieles, en camino hacia Provenza, donde cuenta con enterrar a su amado muerto en batalla y encerrarse en un convento. Me desorientó no verla entrar envuelta en túnicas y tules, como había previsto. El cabello batido y duro de laca, la falda muy corta, y los grandes aretes y la cartera de plástico no resultaban evidentemente inspirados por Ariosto. Entró en Puntas de Pie; los tacones altos, sin embargo, rasparon el piso, y aunque aquel día estuviese decidido a cualquier cosa para enfrentarla y hablarle, especulé absurdamente con que las marcas de sus zapatos podrían ayudarme a rastrearla cuando se escapara. Perdí el hilo de la exposición porque pensé muchas cosas mientras la veía avanzar, sonrojándose y mirándome de reojo. Recordé que un amigo me había contado un sueño en el que acariciaba uno de esos peinados hinchados y al retirar la mano se la encontraba llena de arañas pollito. Siete veces la había visto, y ésta era la quinta conferencia que daba exclusivamente como pretexto para atraerla a mi radio de presencia. Durante meses me había empecinado en encontrar una explicación racional al interés obsesivo que me despertaba esta mujer, esperando que al conocer la causa cesaran sus crueles efectos, pero los sueños se regocijaban en continuar trayéndola a mis brazos. Mi corazón se sobresaltaba en la calle, a cada paso, creyendo o queriendo descubrir su silueta en medio de las multitudes. El placer de mis días se había reducido al momento en que podía encerrarme solo a fumar y a imaginar su nombre. Ese nombre podía ser muchos, cualquiera; ello lo hacía único, el más dulce y espléndido. Yo trataba de encontrarlo en largas veladas, desesperado porque podía ser cualquier nombre, y a intervalos exaltado ya que era el suyo, el único y dorado, y bastaba buscarlo. Así, durante noches enteras. Frecuenté, contra mi costumbre e impaciencia, cuanta conferencia o cuanto cenáculo o debate aparecía anunciado en las agendas culturales de los periódicos. En el fondo, su meticulosa ausencia me hacía feliz porque afirmaba la ilusión de que sólo se interesaba por mí. Fue en la tercera conferencia cuando noté cómo su presentación se adecuaba a las heroínas que yo evocaba en cada ocasión. Cuando hablé de Lee Masters apareció apagada como una ardida solterona de Spoon River, y mientras recitaba el epitafio de Mrs. Kessler ("...Entre tanto yo mantenía a la familia lavando ropa,/ conociendo los secretos de todo el mundo/ a través de sus cortinas y colchas y camisas y calzones/...") la vi recogerse el cabello con un rápido gesto y pasarse el brazo por la frente, el brazo, no las manos, como si las tuviera mojadas. Cuando traté de entretener al auditorio con las desventuras de Ana Karenina la vi llegar con un gorrito de piel, inadecuado porque estábamos en primavera. Cuando recordé a Unica Zürn y a la niña de Primavera sombría, se despatarró en las últimas filas vacías, jugando con un chupetín coloreado. Después fue Emily Dickinson y Emily de Faulkner, y las temblorosas esposas abandonadas de Wakefield y de Fliteraft. Ahora estaba con su cartera y su vestidito a rayas y cuadros blancos y negros. Había perdido el hilo y creí oportuno recordar que ahí va Isabella, que tiene apenas dieciséis o diecisiete años ("quindici anni passar dovea di poco"), por un lugar oscuro, solitario y hostil, cargando con el cadáver de su esposo. (Es verdad, constaté, que hoy parece mucho más joven, a pesar de esa ropa y ese peinado que intentan hacerla mayor). Pero la marcha de Isabella se ve interrumpida por la aparición de un salvaje sarraceno, Rodomonte, que amenaza con ultrajarla. Isabella promete al guerrero que si la respeta le enseñará una hierba que, hervida de cierta manera, asegura durante treinta días la invulnerabilidad de quien la use. Rodomonte acepta, aunque es evidente que no está dispuesto a cumplir la parte del pacto que le compete. Tras preparar la medicina mágica la muchacha dice: —Lo probaré sobre mi propio cuerpo para que me creas. Me untaré con esta grasa y comprobarás con tu espada el milagro de mi medicina. El salvaje, borracho, descarga su espada sobre la cabeza de Isabella, y entonces ella muere murmurando el nombre de su esposo. Por un momento dejé de verla y temí que ya se hubiese escapado. Me incorporé para verificarlo y la vi surgir detrás de la mole del espectador que tenía sentado delante. Para mirarme inclinaba su cabecita, ornada por el gran peinado. Rodomonte, en expiación, ordena que seis mil hombres construyen un mausoleo y una torre y un estrecho puente sobre un precipicio. Él vivirá en la torre y se medirá con todos los guerreros que quieran atravesar el puente. Los cuerpos de los vencidos serán colgados como trofeos en el mausoleo de Isabella. Y así, dije, al final comprendemos que, en su salvajismo, Rodomonte albergaba un verdadero amor por Isabella. Estaba ansioso por terminar y resumí las ideas que tenía anotadas, sin mencionar siquiera a Croce ni a Mimigliano, listo para saltar si la atisbaba moverse de su asiento. Terminé, dije muchas gracias. No habían cesado los aplausos cuando la vi levantarse y caminar rápidamente hacia la salida. Tiré atrás la silla y bajé de un salto la tarima. No menos ágil, la rebosante directora de la Biblioteca Cristoforo Colombo, donde tenía lugar el acto, se echó sobre mí con los brazos abiertos. —¡Molto bene, molto bene, lei sí che sa pronunciare la Bella Lingua! —Ma qué lingua ni lingua... —gruñí, sorteándola, y salí a la calle. La vi doblar en la esquina. Me apresuré, y cuando al girar la encontré a pocos pasos de mí no tuve fuerzas para llamarla y hablarle. Empecé a seguirla. Caminó hasta el final de la avenida Blas Parera y entró en el mercado de flores. Compró un ramo de claveles y continuó hacia el cementerio. Cruzó taconeando los túneles y galerías, y finalmente bajó a un panteón medio en ruinas. Sentí la victoria de tenerla medio acorralada. Me hundí en la rancia penumbra y la sorprendí mentras repartía las flores junto a un ataúd rodeado de vidrios. Cuando me vio se echó hacia atrás como un conejito asustado, buscando con la mirada otra salida que no fuese la escalerita que yo estaba ocupando. Fingió no reconocerme, pero mi apasionada declaración de amor desarmó en un instante su prudencia. —Usted sabe que no miento ni exagero —terminé—. Y yo sé que no le soy indiferente. Somos adultos. Aprovechemos de esta ocasión y de este sentimiento que nos regalan los dioses. Ella tomó fuerzas, cerró los ojos y tartamudeó: —Acabo de enviudar... Compréndame... Déjeme un tiempo para pensarlo... —¿Cuál es tu nombre? —pregunté enérgicamente. —Rosa Gleita —contestó, atemorizada. Rosa, era claro. Por supuesto: Rosa. —Rosa, no podemos esperar. No te dejo huir, esta vez. Estoy decidido a que esta tarde sellemos nuestro encuentro con algo más que promesas. Reprimió una sonrisa pícara: —Espero que no esté decidido a corporizar ese sello en este lugar tan incómodo e insalubre, ante la presencia del cuerpo de mi esposo aún caliente. Sería una blasfemia... Déjeme despedirme de él... Vaya, espéreme afuera. Salí. Las cúpulas con sus ángeles tocando la trompeta, las fotitos en las lápidas, las flores secar, me parecieron felices señales. La humanidad no había vivido y muerto en vano; el ciclo de las generaciones y el dolor de los siglos habían sido necesarios, puntualmente, para construir ese mundo en el que Rosa y yo nos habíamos encontrado. Miré el reloj, ansioso. Esperé. Pasó media hora. A la hora pensé que ya no podía acusárseme de desconsiderado o de celoso y bajé a buscarla. El mausoleo subterráneo estaba vacío. Más que asombrado, irritado, me dejé caer sobre un escalón, y mientras estaba ahí sentado la descubrí. La vi en el nombre dorado sobre los vidrios que había adornado con flores: Rosa Gleita (1948-1965). Ahora doy conferencias todas las semanas. Ella aparece y permanece cautelosamente de pie junto a la entrada. Me basta con verla. Pero a fuerza de hablar de la Ligeia de Poe, o de Macedonio Fernández, que proclama que Amor vence a Muerte, quizás logre decidir esta situación tan penosa, y ella, o yo, acertemos con el salto preciso hacia el encuentro definitivo. Enrique Butti, nació en 1949. Es de Santa Fe, Argentina. Estudió y trabajó en el campo cinematográfico, en la Argentina, y en el Centro Sperimentale di Cinematografia, en Roma. Publicó su primera novela a los 37 años: Aiaiay (Editorial Sudamerican, Buenos Aires, 1986), merced a un premio otorgado por un jurado que integraba José Bianco, uno de los más grandes intelectuales y escritores argentinos. Luego escribió y publicó varios libros, de cuentos, novelas y teatro. |
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